miércoles, 7 de mayo de 2014

OBSERVADOR EN LAS SOMBRAS (relato)


 

Jamás pensé que alguien que no conocía podía despertar tanto deseo en mí. Desde que la vi el piso que tenía a unos cincuenta metros frente al mío, no pude quitarle la vista de encima. Fue a finales de abril. Ella iba vestida de blanco y con la luz del sol, se podía ver toda su silueta trasparentada en él. ¡Era una delicia! Aquel piso llevaba ya un año sin estar ocupado. Pensé… ¡¡¡QUÉDATELO!!! Y justo en ese mismo instante, pude ver como me miraba desde su futuro balcón al mío. Se alejó poco a poco para volver a la semana e instalarse.

 

Deseaba no perderme ninguno de sus movimientos. ‘¡Que locura!’ Pensé. Voyeur a tus cincuentas años. Aquella delicia de criatura no tendría más de treinta y cinco pero… me había hechizado como una mala cosa. Compré unos prismáticos, una cámara para cuando no pudiera estar y grabarla, un telescopio. Cada uno apuntaba a una de sus ventanas y yo deseaba, ansiaba, poder admirarla cada día, a cada hora. Si, seguro que rumiáis que se puede considerar algo enfermizo lo que sentía hacia ella. Me da igual lo que penséis. Yo, a mi manera, la amaba y sólo hacía aquello para protegerla, incluso de mí si hacía falta.

 

Un día, ella no había vuelto aún del trabajo, alguien se había colado en su casa. Tenían cara de yonquis. Yo no los vi hasta que no regresé a casa. Cuando me di cuenta, ella estaba apunto de entrar por el portal de casa. Salí corriendo pero llegué tarde. Ella había entrado y la habían arrinconado contra una esquina con una navaja uno y una jeringa el otro. Pegué una patada a la puerta y arremetí contra ellos a golpes. Ella estaba en estado de shock. Cuando estaban reducidos, llamamos a la policía y se los llevaron. A ella la trasladaron a un centro sanitario y a mí me obligaron a prestar declaración.

 

Pasé tres días angustiosos sin saber nada de ella, sin verla, sin poder observarla. Me iba a volver loco si no conseguía averiguar algo. ¿Pero dónde llamaba? ¿Con quién podía ponerme en contacto para saber lo que fuera?

 

Cuando abrí la puerta para ir la comisaría, ella estaba allí, como una visión perfectamente dibujada. Parpadee un poco pues no podía creerlo.

 

– Perdone. – Me dijo – Me llamo Natalia. Sólo venía a darle las gracias por lo de otro día. No quiero molestar.

– Pasa – abrí la puerta de par en par sin acordarme para nada de todo lo que tenía por mi casa para no perderme ni uno de sus pasos.

 

Ella llevaba una tortilla en sus manos para darme las gracias. Al entrar en aquel santuario a su honor, pude ver un rubor en sus mejillas y encenderse sus ojos quizás de rabia.

 

– Disculpe. Yo… – no pude decir nada más. Ella dejó caer lo que llevaba en las manos y me asaltó de golpe con el más descarado e impetuoso de los besos. 

 

Sus manos buscaban atropelladamente por la efusividad, despojarme de mi camisa, de mis pantalones, de toda mi ropa. Yo no podía contener más a la fiera que había habitado en mí durante todo aquel tiempo de forma sumisamente autoimpuesta. Arranqué sus ropas henchido de pasión por entero. Deseaba ver su cuerpo desnudo, vital, hirviente, derretirse entre mis brazos.

 

Estábamos los dos desnudos, uno frente al otro, y con el deseo a flor de piel contenido. Nos miramos de arriba abajo los dos. Luego nos miramos a los ojos. Nuestras bocas se estrellaron de nuevo al una contra la otra.

 

Me cogió de la mano y me llevó en una silla. Se puso escarranchada encima de mí encajando su sexo con el mío. Dejó que pudiera sentir como la penetraba poco a poco, familiarizándome con cada centímetro de sus deslizantes adentros más que húmedos. Permanecía todo lo quieto que pude para que fuera ella, mi diosa de las sombras, quien hiciera conmigo lo que deseara. Se empezó a mover poco a poco. Su deseo aumentaba. Podía notarlo en sus pezones duros, en su piel escalofriantemente ansiosa de mi piel, del leve y tímido sudor que le franqueaba la frente y que empezaba a deslizarse de forma deliciosa entres sus pechos.

 

Fue acelerando el ritmo y puede escucharla por primera vez, gritar de deseo. Se derramó por primera vez sobre mí. Luego, hubo una segunda, una tercera, una cuarta vez. Yo la miraba e intentaba no derramarme. Me gustaba ver el goce en su cara. Me encantaba verla disfrutar. Me entusiasmaba hasta el delirio ser parte de su ser efervescentemente apetito saciado en mí hasta, con mi sexo, con todo mi cuerpo hasta la extenuación si ella lo deseaba, si yo seguía conteniendo por su complacencia.

 

Se incorporó un momento. Fue hacia la cámara. La enfocó para nosotros y dándole al rec me dijo:

 

– No deseo que olvides nunca este momento.

 

Se arrodilló frente a mí sin dejar de mirarme a los ojos. Se metió mi verga en la boca y empezó a lamerla de forma magistral. Primero toda entera en la boca. Luego, succionando, se deslizó hasta el frenillo, dedicándome por entero miles de lengüetazos, con la punta de la lengua, cortos, precisos, certeros, que desataban mi placer en forma de gemidos nada comedidos.

 

No podía aguantar más y se lo hice saber. No se apartó. Siguió lamiendo mi sexo hasta que me derramé en su boca. Se tragó toda mi esencia por entero. No dejaba de chuparme y chuparme pese a que ya me había ido. Los espasmos de goce me recorrían el cuerpo de la cabeza a los pies una y otra vez.

 

Se sentó sobre mí y me abrazó. Me susurró al oído: ‘¡Gracias por existir!’.

 

Desde ese día ambos somos esclavos de nuestro propio goce. Nos gusta mirarnos, ella a mí, yo a ella, desde una ventana, desde otra. Masturbarnos para que nos veamos y nos dejemos llevar en solitario.

 

Pero cuando volvemos a encontrarnos, la cámara está siempre ahí, grabándonos, siendo el tercero de un trío morboso, deliciosos,… máximamente ardiente.

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